lunes, 28 de enero de 2008

PROVOCAN CONTAMINANTES DE LA CIUDAD DE MÉXICO AFECTACIONES A LA SALUD PÚBLICA


· El especialista del CCA de la UNAM, Agustín García Reynoso, dijo que en la capital sólo se monitorean los niveles de los llamados contaminantes criterio

· Un incremento de 10 partes por millón de ozono aumenta la tasa de mortalidad en 0.8 por ciento, y un alza de 10 microgramos sobre metro cúbico de PM10, en uno por ciento

· Se han obtenido datos reveladores sobre los contaminantes orgánicos en la atmósfera y su impacto en la salud, detalló la coordinadora del PUMA, Irma Aurora Rosas Pérez

Todos los días se respiran miles de elementos tóxicos en el aire de la Ciudad de México que pueden provocar serios problemas de salud pública, como el cáncer. Tal es el caso del formaldehído, un gas generado por procesos naturales y la combustión de los autos, que disminuye 67 días por año la esperanza de vida de un individuo, informó el especialista del Centro de Ciencias de la Atmósfera (CCA) de la UNAM, Agustín García Reynoso.

Hasta la fecha, en la capital sólo se monitorean los niveles de contaminantes criterio: partículas en suspensión (PM, por sus siglas en inglés), bióxido de azufre y de nitrógeno, plomo, monóxido de carbono y ozono, debido a la dificultad y costo de estudiar otros elementos, indicó por su parte, el jefe del Departamento de Salud y Ambiente del Programa Universitario de Medio Ambiente (PUMA), Álvaro Román Osornio Vargas.

En este sentido, la Red Automática de Monitoreo Atmosférico (RAMA) advierte que un incremento de 10 partes por millón de ozono aumenta la tasa de mortalidad en 0.8 por ciento, y un alza de 10 microgramos sobre metro cúbico de partículas suspendidas, amplía ese indicador a uno por ciento.

No obstante, se sabe que existen otros elementos difíciles de cuantificar. No obstante, el proyecto Megacity Initiative: Local and Global Research (MILAGRO) –dirigido por Luisa y Mario Molina, este último Premio Nobel de Química y egresado de la Facultad del ramo de la UNAM, ha calculado algunos de ellos, potencialmente cancerígenos, así como su sintomatología.

Esta iniciativa busca medir los efectos que la Ciudad de México tiene en otras poblaciones. Con el empleo de alta tecnología se han obtenido datos reveladores sobre los contaminantes orgánicos que abundan en el aire y sobre su impacto en la salud, detalló la coordinadora del PUMA, Irma Aurora Rosas Pérez.

Por ejemplo, se encontró que la atmósfera de la capital es altamente reactiva comparada con otras urbes, como Nueva York. Aquí, el compuesto denominado radical OH tiene mayor frecuencia que en otros lados, apuntó.

Las emisiones de ozono afectan el desarrollo de plantas y bosques, y provocan la reducción en la producción de madera y en la agricultura. Está última disminuye un cinco o 10 por ciento anual por esta causa, en 10 ó 20 años los campesinos podrían perder la totalidad de sus cosechas, refieren estudios del CCA, comentó García Reynoso.

A diferencia del ozono, que no es cancerígeno, se han localizado otros componentes que sí lo son, como el caso del formaldehído. Este elemento es uno de los principales contaminantes y se genera por la combustión y la quema de biomasa, señaló.

Se calcula que en la ciudad el 30 por ciento de ese compuesto proviene de los vehículos, una cantidad igual de la fotoquímica y otra tercera parte de las emisiones que están fuera del área urbana y proceden de los bosques, que emiten Isopreno, uno de sus precursores, expuso.

El riesgo por la exposición a este componente es de 61 casos por millón de habitantes, y se traduce en la pérdida de 67 días de vida por año de un individuo. No obstante, destacó, el mayor peligro no se encuentra en las calles o en zonas al aire libre, sino en lugares cerrados como las oficinas. Ahí, la amenaza es 13 veces mayor que en otros puntos, aseguró.

Aunque los índices de ozono han bajado considerablemente y se calcula que se han salvado aproximadamente 230 mil habitantes con la aplicación de medidas de prevención necesarias, controlar un tóxico significa aumentar otro, destacó.

Por ejemplo, cambiar los combustibles por otros ecológicos reduciría el nivel de hidrocarburos, pero daría pie a un aumento en aldehídos y entre ellos, el formaldehído, reveló.

Otro elemento que se ha estudiado con detenimiento es el manganeso, presente en sales y otros compuestos que, al inhalarse, dañan al sistema nervioso y hacen que decrezca la capacidad de razonamiento. Por fortuna, expresó, no genera emisiones importantes en el DF, porque no se aplicó en las gasolinas.

Uno de los elementos más perjudiciales es la dioxina, producida por la incineración de compuestos de cloro; basta una cantidad mínima de polvo para acabar con la vida de una persona, aunque se encuentra en la atmósfera en cantidades bajas, refirió.

Por su parte, Álvaro Osornio, insistió en que la asociación entre contaminación del aire y riesgo de desarrollar cáncer, principalmente de pulmón, es una evidencia reciente de los efectos contaminantes, pero aún no hay una legislación al respecto.

El especialista hizo énfasis en que los efectos de la polución orgánica no crean nuevas enfermedades, pero sí agravan las existentes y reducen la calidad de vida.

El reto, puntualizó, es concentrarse en un solo elemento y recabar la información necesaria para controlar sus efectos y procesos relacionados.

El problema es que en México no se han implementado mayores medidas para atender esta situación, a diferencia, por ejemplo, de EE UU, en donde se han detectado 189 compuestos peligrosos de los que 33 son los más cancerígenos, como el formaldehído y el benceno, resaltó.

Irma Rosas planteó que el control de estos contaminantes es difícil por varios aspectos, pues no existe la tecnología necesaria para cuantificar sus daños y lo que se sabe es gracias al proyecto MILAGRO. Sin embargo, es necesario un estudio enfocado exclusivamente a ello y destinar más profesionales de la química orgánica para encontrar y aplicar medidas urgentes.

Fuente: Universidad Nacional Autónoma de México

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